Colombia avanza en un plan de largo plazo que incorpora los derechos humanos en las políticas públicas, la inversión y la vida diaria, estableciendo metas para 2036 y una ejecución gradual que articula dimensiones sociales, económicas y territoriales. La iniciativa, aún en proceso de consulta, pretende guiar a las instituciones y al sector privado hacia estándares más exigentes de debida diligencia, acceso a servicios y participación de las comunidades.
Finalidad y dimensión de un plan proyectado hacia 2036
El Gobierno del presidente Gustavo Petro impulsa un Plan Nacional de Acción en Derechos Humanos con vigencia proyectada hasta 2036. Se trata de un marco integral que aspira a convertirse en referencia obligatoria para entidades del Estado, empresas y actores sociales en la toma de decisiones, asignación de recursos y evaluación de impactos. El documento, estructurado en un borrador de decreto con diez capítulos y respaldado por un texto técnico de 146 páginas, propone articular principios, metas medibles y mecanismos de seguimiento para asegurar continuidad más allá de los ciclos políticos.
Esta iniciativa se plantea como una política de Estado más que como una medida exclusiva de un gobierno, por lo que propone herramientas transversales capaces de abarcar sectores esenciales —infraestructura, minería, hidrocarburos, salud, educación y tierras— y busca que los estándares de derechos humanos actúen como parámetros de diseño, ejecución y supervisión, en lugar de añadirse de forma posterior. La propuesta aspira a que, durante la próxima década, el país avance de formular marcos normativos a consolidar prácticas comprobables, priorizando la protección de grupos vulnerables y la prevención de conflictos socioambientales.
Arquitectura normativa y etapas de implementación
El andamiaje propuesto descansa en un decreto que ofrece el marco habilitante y en un plan técnico que desgrana objetivos, líneas de acción e indicadores. La implementación se piensa por fases: una etapa inicial de ajuste y concertación; un periodo de despliegue territorial con pilotos en regiones priorizadas; y un tramo de consolidación con metas intermedias, auditorías y difusión de aprendizajes. De esta forma, se intenta evitar que el plan quede en el papel y, en cambio, se conecte con presupuestos, cronogramas y responsabilidades claras.
Un componente esencial consiste en crear o consolidar espacios de coordinación intersectorial que integren a ministerios, organismos reguladores, entidades de control y actores de la sociedad civil, mientras que, en el ámbito territorial, se plantea articular el plan con los instrumentos ya vigentes —planes de desarrollo, ordenamiento territorial, estrategias de paz total— para evitar duplicidades y garantizar, sobre todo, que las prioridades locales influyan en la distribución de los recursos nacionales.
Disposiciones de derechos humanos aplicadas a iniciativas estratégicas
Uno de los ejes más visibles es la incorporación de cláusulas obligatorias de derechos humanos en grandes proyectos de infraestructura, minería y de hidrocarburos. Estas disposiciones cubrirían la cadena completa: planeación, licenciamiento, contratación, ejecución y cierre. La apuesta es pasar de evaluaciones meramente técnicas a esquemas de debida diligencia que integren riesgos sociales y ambientales, con protocolos de consulta y participación informada, mecanismos de quejas accesibles, reparación efectiva y reportes públicos periódicos.
Para los licenciamientos y concesiones, el plan sugiere exigir matrices de riesgos diferenciales —con enfoque étnico, de género, niñez y discapacidad— y planes de mitigación verificables por terceros. En la contratación pública y alianzas público-privadas, propone condiciones de cumplimiento vinculadas a prácticas laborales dignas, seguridad en el trabajo, respeto por el territorio y preservación de fuentes hídricas. En etapas de cierre o abandono de proyectos, se enfatiza la restauración ambiental, la reconversión económica local y la transparencia de datos.
Tierras, restitución y seguridad jurídica con enfoque de derechos
El acceso, uso y restitución de tierras aparece como otra prioridad. El plan articula metas para acelerar la formalización de la propiedad rural, fortalecer los procesos de restitución y consolidar mecanismos de resolución de disputas que reduzcan la conflictividad y protejan a comunidades campesinas, étnicas y afrodescendientes. La perspectiva de derechos implica garantizar seguridad jurídica, priorizar a víctimas del despojo, y promover modelos productivos sostenibles que equilibren desarrollo económico y cuidado del territorio.
Se prevé también brindar apoyo técnico a iniciativas agroecológicas, ofrecer incentivos que promuevan la conservación y fortalecer la articulación entre el catastro multipropósito y las políticas sociales. La meta es que la política de tierras vaya más allá de la simple expedición de títulos y garantice condiciones efectivas para el arraigo, el impulso productivo y la salvaguarda del entorno natural.
La salud y la educación se consolidan como pilares esenciales para garantizar derechos reales
El plan ubica a la salud y la educación en el núcleo de los derechos habilitantes. En salud, se promueven metas para ampliar cobertura territorial, fortalecer la atención primaria y desplegar rutas diferenciales para mujeres, niñas y población rural dispersa. También se prevé consolidar alertas tempranas para violencias de género y mejorar la salud mental, con equipos itinerantes y articulación con justicia y protección social. En educación, la estrategia apunta a reducir brechas mediante infraestructura escolar adecuada, formación docente continua, conectividad y contenidos que integren cultura de derechos humanos, memoria y ciudadanía.
La calidad ocupa un lugar central: se proponen evaluaciones con enfoque de equidad, acompañamiento a escuelas en contextos de alta vulnerabilidad y alianzas con instituciones de educación superior para investigación aplicada, prácticas profesionales y observatorios regionales que midan avances de manera transparente.
Diligencia debida en los negocios y una regulación sensata
El sector privado es un actor clave para que la ruta planteada sea sostenible. Por ello, el plan impulsa la adopción de políticas empresariales de derechos humanos, procesos de debida diligencia y reportes no financieros alineados con estándares internacionales. Para las pymes, se sugiere un esquema gradual que incluya herramientas de autodiagnóstico, capacitación y asistencia técnica; para grandes compañías, la expectativa es contar con sistemas robustos de gestión de riesgos, supervisión independiente y diálogo permanente con comunidades.
La regulación, por su parte, busca ser “inteligente”: clara en obligaciones, proporcionada al tamaño y al riesgo de cada actividad, y enfocada en resultados verificables. El énfasis está en prevenir y corregir antes que sancionar a posteriori, sin renunciar a consecuencias efectivas frente a incumplimientos graves o reincidentes. La interoperabilidad de plataformas públicas permitirá cruzar información de licencias, inspecciones y quejas para priorizar la supervisión donde más se necesita.
Perspectiva territorial, participación e impulso del control comunitario
La estrategia reconoce la diversidad regional de Colombia. Por eso, propone hojas de ruta territoriales con metas y presupuestos específicos, construidas mediante procesos de participación que incluyan autoridades locales, organizaciones sociales, pueblos étnicos, mujeres, jóvenes y sector productivo. La participación no se limita a la consulta: se plantea incorporar consejos ciudadanos, veedurías y observatorios comunitarios con capacidad real de incidencia y seguimiento.
Para fortalecer el control social, el plan promueve portales de datos abiertos con información sobre avances, presupuestos ejecutados, indicadores de impacto y cumplimiento de compromisos. Asimismo, impulsa la formación de liderazgos locales en metodologías de monitoreo, resolución de conflictos y concertación, con especial cuidado en la protección de personas defensoras de derechos humanos.
Indicadores, transparencia y rendición de cuentas
La medición del progreso se apoyará en un conjunto de indicadores que combinen resultados, procesos y percepciones. Entre ellos: acceso a servicios básicos, disminución de brechas educativas y de salud, tiempos de restitución y formalización de tierras, niveles de participación efectiva en proyectos estratégicos, reducción de conflictos socioambientales y eficacia de mecanismos de quejas y reparación. La publicación periódica de estos indicadores —acompañada de auditorías internas y externas— busca dar certidumbre a la ciudadanía y orientar la corrección de rumbo cuando sea necesario.
Se contempla también una revisión a mitad del periodo que posibilite redefinir objetivos, modificar estrategias y redistribuir recursos, una instancia intermedia esencial para garantizar que el plan siga siendo pertinente frente a cambios en los contextos económicos, climáticos o sociales.
Coordinación con la paz total, el clima y la transición energética
La ruta en derechos humanos dialoga con la política de paz total y con la agenda climática. La prevención de violencias, la sustitución de economías ilícitas, la protección de líderes comunitarios y la garantía de presencia institucional en territorios históricamente marginados son piezas que el plan integra como condiciones para el ejercicio pleno de derechos. En materia ambiental, se proponen herramientas para evaluar impactos acumulativos, proteger ecosistemas estratégicos y asegurar que los pasos hacia la transición energética se realicen con justicia social, empleo digno y participación informada.
Los proyectos de energías renovables, por ejemplo, deberán incorporar evaluaciones de riesgo social, salvaguardas para comunidades y esquemas de beneficios compartidos. El objetivo es que la descarbonización no reproduzca inequidades, sino que se convierta en oportunidad de desarrollo incluyente.
Financiamiento, desarrollo de capacidades y perdurabilidad a largo plazo
Para que el plan sea operativo, requiere una estructura financiera que combine presupuesto público, cooperación internacional y, cuando proceda, aportes del sector privado bajo reglas claras. El documento plantea mecanismos de programación plurianual, priorización de inversiones y coordinación con marcos fiscales de mediano plazo. En paralelo, se contempla el fortalecimiento de capacidades estatales: formación técnica, dotación de equipos, mejora de sistemas de información y profesionalización de equipos en territorios.
La sostenibilidad requiere también institucionalizar prácticas mediante manuales, guías, protocolos y convenios que permanezcan más allá de los cambios de gobierno, con el propósito de disminuir la dependencia de decisiones circunstanciales y afianzar una cultura de derechos humanos que se exprese en la gestión diaria.
Una política de Estado que avanza en un proceso de desarrollo abierto
Aunque el plan continúa en etapa de consultas y podría experimentar modificaciones, mantiene un propósito definido: establecer una política de Estado que sitúe los derechos humanos como eje central de la gestión pública y privada en la próxima década. El proceso participativo —con mesas técnicas, contribuciones académicas y observaciones de distintas comunidades— será fundamental para legitimar las prioridades y garantizar que los instrumentos se ajusten a las realidades locales.
Si logra articular instituciones, empresas y ciudadanía alrededor de metas comunes y verificables, esta hoja de ruta podría marcar un punto de inflexión en la manera en que Colombia planifica, invierte y evalúa su desarrollo. Más que una lista de buenas intenciones, aspira a ser un mecanismo concreto para cerrar brechas, prevenir conflictos y garantizar que el crecimiento vaya de la mano con la dignidad humana.
