Luis Rubiales: Narcisista, macho y extraviado | Deportes

Carátula de la serie ‘El juego infinito’.

El fútbol, como todo juego, habita fuera de la realidad. Pero como fenómeno social, como cultura popular, como industria del ocio y como fuerza representativa por ejemplo de un país, es realidad pura y dura.

Por otra parte, el feminismo ya es un lugar. O entras o te quedas fuera. En cuanto a Rubiales: fue socialmente expulsado. El problema es que se trata de un directivo, que los directivos deben guiar y que es imposible guiar si no conoces los latidos de tu tiempo.

Ganar un Mundial en esta etapa de conquista provoca un fuerte impacto que al fútbol femenino le viene de maravilla. España ganó y estas pioneras merecen ser un poquito más felices el resto de sus vidas y mirar el futuro con optimismo y orgullo. Pero una sombra muy oscura cayó sobre la gloria conquistada: de inmediato, comenzaron los despropósitos.

Agarrarse los huevos tras un triunfo del fútbol femenino en un palco principesco es, cuanto menos, poco alegórico. Era solo el primer exceso testosterónico que el narcisismo, acentuado por la excitación de la victoria, acababa de cometer. Luego el protocolo llevó a Rubiales a ese altar improvisado donde los sacerdotes del fútbol premian a las deportistas. Fue ahí donde Rubiales besó sin consentimiento y abusando de su autoridad a Jenni Hermoso. Y fue entonces cuando se inauguró un antes y un después. Porque otra de las muchas cosas que Rubiales olvidó aquel día es que al altar se va a adorar y a sacrificar.

Y ya que estaba fuera de la realidad, se instaló en ella paseando por micrófonos complacientes entre aplausos y risas. Moviéndose con el ego lleno de confianza y la autoridad que le confiere su cargo, nadie tuvo el coraje de decirle que iba a contramano de este momento histórico. La indignación alcanzó la calle y desbordó a los medios de comunicación en un escándalo que se hizo planetario.

La política se personaba, las instituciones amenazaban (sin dar), la calle bramaba y los ingenuos pensamos que la Asamblea terminaría con esa pesadilla. Pero Rubiales tomó la palabra y en un nuevo episodio de “cojones y españolía” dobló la apuesta bajo los aplausos de quienes defendían sus propios intereses. Desde entonces, esos cómplices ocasionales están retrocediendo a la búsqueda de la dignidad perdida. Les costará. Allá arriba, Rubiales se había mostrado seguro hasta la chulería, generoso como todos los que están acorralados y utilizando ese comodín casi siempre infalible que se llama victimismo y del que se valió hasta de sus hijas.

Lo cierto es que el fútbol, que llega tarde a todas las revoluciones, en estos días está abanderando la feminista. Se lo debemos a la sucesión de torpezas de un hombre que despertó a una sociedad que ya no soporta a los Rubiales. Hasta sacó de la cueva a unos pocos protagonistas del fútbol masculino, siempre perezosos a la hora de comprometerse.

La madre de Rubiales se puso en huelga de hambre y terminó en un hospital sin dejar de pedir “justicia”. Mientras a su hijo, en su afán por sobrevivir, solo le falta cargarse una cruz sobre el hombro y llevarla con cara de penitente por las calles de Motril.

A estas alturas, el hombre que no sabe en qué tiempo habita, tampoco sabe que ya está muerto. La opinión pública lo sentenció y la FIFA hizo sonar su primer disparo, suspendiéndolo.

Rubiales se convirtió en un símbolo o, lo que es lo mismo, ya no lo salva nadie. Pero como es muy macho, se niega a irse por sus medios prolongando el conflicto, la polémica, la vergüenza, el oprobio. No dimitir es la última estupidez que lo consagra como un nuevo Torrente. Solo que, esta vez, es un documental.

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